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Todo por nuestra grandísima culpa

(Publicado en revista NHU Lavapies – Latina – Embajadores Septiembre, 2026)

Dijo Margaret Thacher:  «no existe eso que se llama sociedad. Lo que hay es mujeres y hombres individuales… y hay familias«. Me he acordado de esa frase este verano porque me da la impresión de que ella y los suyos han terminado por convencernos. Me explicaré.

Reacciones ante los incendios: «la culpa la tienen los ecologistas que, desde sus despachos de Madrid (esto de los ecologistas en general sentados en sus despachos de Madrid es importante) no permiten ni coger una piña». O «la culpa la tienen  los pirómanos». O «la culpa la tienen los negacionistas del cambio climático»…

Yo no veo la relación entre que una persona niegue el cambio climático en su casa y que arda el pico de la Almenara, por ejemplo. Ah, me dirán, pero es que los negacionistas no reciclan bien, consumen mucho, tienen coches de combustión, viajan en avión… En resumen, se portan fatal.

Negacionismos hay muchos y son como una ristra de pimientos, que tiras de uno y salen los demás. Por ejemplo (doloroso ejemplo), en el programa la Base 6×177 (Canal Red) llamado «Mentiras y verdades sobre el peor incendio de la historia de España» se lamentan del auge de «los negacionismos, las conspiraciones, las seudociencias, las seudoteraias, la gente que cree que la tierra es plana» (así literalmente, todo junto y de corrido).

Y continúan: «si estas terapias falsas, que ponen en riesgo la salud de las personas por acción u omisión, por dejar de comprar otros medicamentos o acudir a terapias que sí son reales, se permiten de facto… ¿cómo no va a estar permitido el discurso negacionista del cambio climático?» Así que proponen ilegalizar el uso de esas «falsas terapias» que, nos explican, listó hace 7 años el Ministerio de Sanidad.

La verdad es que el Ministerio de Sanidad se lució con la dichosa lista, que si no fuera triste sería graciosa. Se divide en dos grupos: «73 seudoterapias confirmadas… peligrosas para la salud» (como la digitoterapia, el masaje tibetano o el tantra), y otras «66 posibles seudoterapias pendientes de evaluar» (abrazoterapia, acupuntura, medicina natural china o meditación, entre otras). Es triste porque, lo diré antes de que sea ilegal hasta decirlo, son terapias que en muchos casos te salvan de tomarte los medicamentos que te recetan para toda la vida y te conducen al pastillero (yo ahora tendría por lo menos 6 o 7 pastillas diarias en el mío). Y, en todo caso, ¿abrazarse puede provocar incendios? De bosques, me refiero.

Mientras, la Plataforma Ecologista Madrileña (plataformaecologista.org) ha recurrido al Defensor del Pueblo ante el «cerrojazo informativo sobre las causas de los incendios en Madrid«. Dicen: «la información sobre motivaciones de fuegos intencionados y su localización por municipios, que se facilitaba sin problemas hasta 2024, sigue sin entregarse«. Digo yo que sería mucho más interesante reclamar esos datos y hablar sobre ellos, en lugar de abundar en insultos comodines como negacionista, terraplanista, etc.

Pero no es ese el estado de ánimo dominante. Ahora, de cualquier cosa que nos quejemos resultará que la culpa es nuestra. En un debate sobre ecología y catástrofes «naturales», precisamente, le pregunté al ponente: ¿quién parará la IA? Y contestó: «depende de cada cual; que levante la mano quien no la use». O sea, culpables. Culpables por tanto de los mega-centros de datos, de las minas de litio a cielo abierto, de los cementerios de baterías y demás subproductos ultra tóxicos de las tecnologías actuales y de las llamadas «energías verdes».

En ese mismo debate dijeron que el problema es nuestro individualismo, porque tenemos todos esos comportamientos nocivos sin preocuparnos de lo que dañan a la comunidad. Una mujer preguntaba desesperada: ¿pero qué podemos hacer? A nadie se le ocurrió ofrecer alguna solución colectiva, por ejemplo manifestaciones contra los centros de datos de la IA, o el glifosato autorizado por otros 10 años en la UE, o la Central de Almaraz cuya vida acaban de decidir prolongar… o contra alguna otra acción «ambiental» de los gobiernos.

Ahí comprendí que el verdadero individualismo es pensar que no hay más soluciones que las individuales. Hubo un tiempo en el que teníamos reivindicaciones políticas, exigíamos a los gobiernos que actuaran. Ahora echamos la culpa a «la gente» y nos sentimos culpables de todos los males porque, nos dicen, nos comportamos mal. Por fin se ha hecho realidad el sueño de Thacher: nos hemos creído que no existe tal cosa como la sociedad.

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