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El espíritu del compromiso social

Escribí este artículo sobre la película Es Espíritu del 45, de Ken Loach, y aquí está, Público lo publica hoy, aunque han decidido darle otro nombre:

O socialismo o barbarie

03nov 2013

María Pazos
Autora del libro “Desiguales por Ley”

Desde que vi la película El Espíritu del 45, no pasa un solo día sin que la recuerde varias veces, la recomiende o piense en escribir sobre ella. En este documental, Ken Loach nos retrata dos momentos históricos, los compara y los contrapone.

El primero de estos momentos se sitúa en el Reino Unido, año 1945, cuando se dieron las circunstancias sociales y el liderazgo político para un vuelco a la política social y económica. El guión parecía estar escrito; ganaría las elecciones Churchill, a quien todo el mundo consideraba como el libertador de Europa frente al nazismo. Sin embargo, contra todo pronóstico, la población “desvió” la vista a un partido que consiguió ilusionarla con un programa de reformas radicales a favor de la mayoría de la población y naturalmente en contra de los grandes capitalistas, los dueños de las minas, de los ferrocarriles, de la banca y en definitiva del país.

Partiendo de una situación de miseria extrema, y en unos pocos años, el país cambió substancialmente. ¿Qué ilusionaba a la gente? En primer lugar el Sistema Nacional de Sanidad, siguiendo por el trabajo estable y con derechos, un programa de viviendas sociales o la educación pública. Ilusionaba el informe Beveridge (1942), que proponía protección social para toda la población. Durante esos cinco años se establecieron las bases del llamado Estado del Bienestar.

Ilusionaba también la nacionalización del Banco de Inglaterra, de las industrias energéticas, del transporte y de la minería. Los diputados ocuparon sus escaños agitando banderas rojas; se autodenominaban socialistas, para escándalo de los conservadores que amenazaban con enormes catástrofes ante cualquier intervención del Estado en la economía. Pero la población no escuchó esas amenazas, salió a la calle masivamente, votó por el cambio y siguió votando mayoritariamente en las elecciones de 1950, a pesar de todos los problemas que indudablemente surgieron.

En 1951 ganó las elecciones el Partido Conservador (aunque con menos votos que el Laborista), y Churchill volvió al gobierno. Pero la onda expansiva del 45 continuó, y toda Europa se benefició de ese espíritu, de esa correlación de fuerzas que permitió la extensión de los sistemas universales de protección social y servicios públicos. Un espíritu que progresaba simultáneamente en muchos otros países y que permitió otros fenómenos tan notables como este o aún más, singularmente en los países nórdicos.

Costó muchos años cambiar la correlación de fuerzas a favor de los intereses de la burguesía. La película de Ken Loach salta repentinamente al triunfo de Margaret Thatcher en 1979 con todas las contrarreformas que siguieron, tan vertiginosas como habían sido las reformas. Y en esa onda  de neoliberalismo triunfante nos movemos ahora.

Ken Loach nos pide que reflexionemos sobre todos estos fenómenos. Nos pide que expliquemos a la juventud nociones que ya no se enseñan en las facultades de económicas. Nociones tan básicas como qué es un monopolio natural, o sea por qué la energía, el agua o el transporte público deben ser de propiedad pública. Nos pide que expliquemos a la juventud cómo es vivir sin servicios públicos. Nos dice que aprendamos de la historia, aportando una prueba más en contra de la propaganda neoliberal que intenta convencernos de que el Estado del Bienestar no puede avanzar en tiempos de vacas flacas.

La película no parece haber tenido mucha repercusión en España, ni críticas muy entusiastas, aunque vi al público aplaudir al final de la sesión. Es lógica la reacción adversa de quienes van a favor de los vientos neoliberales, que lógicamente encuentran a Ken Loach revolucionario y “demasiado simple”; pero otra cuestión es el debate entre las personas que hoy trabajamos en la resistencia ante los recortes sociales.

Algunas personas, que se sitúan a la izquierda de los partidos actualmente llamados socialdemócratas o laboristas, no quieren ni oír hablar de aquel partido que se llamaba igual en 1945. Y como no quieren oír (en este caso ver), no admiten pruebas de lo diferentes que son estos partidos, de cómo aquellas ideas iniciales están diluidas, o mejor dicho traicionadas. No se dan cuenta de todo lo que está en juego.

Porque no es cuestión de nombres o familias políticas, ni de cómo denominamos o imaginamos la sociedad a la que cada cual quiere llegar a largo plazo. La cuestión es que no nos arrebaten los principios de solidaridad y de dignidad humana que dieron lugar a los mayores avances de la historia, y que  ahora están en entredicho. El principio “a cada cual según sus necesidades y de cada cual según sus posibilidades”, ese es el que está en juego, ese es el que debemos defender por encima de las etiquetas. No hay más alternativas: o socialismo o barbarie; y ese dilema se decide hoy.

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